Exposición colectiva «Pintores a la mesa»

El retrato de un nacimiento interno: el momento en que el pensamiento rompe la penumbra para iluminar el laberinto de la mente antes de crear. Es un recordatorio de que toda visión comienza en la calidez de un centro invisible, esperando ser proyectada hacia afuera.

Un viaje del dolor a la calma. Ese instante surrealista donde la materia se rompe para dejar brotar la esencia, transformando la herida en un escenario de paz absoluta y convirtiendo el rastro de la vida en una sinfonía de armonía eterna.

Cómo un objeto cotidiano y humilde, como una lata metálica, puede transformarse en un contenedor de mundos y sueños, el protagonista de una aventura épica, recordándonos que, aunque los juguetes queden estáticos, la imaginación que los animó permanece grabada en nuestra memoria.

A través de una estética surrealista, mi pretensión con esta obra es invitar a contemplar el goteo incesante de la vida hacia el tiempo. Cada onda es un recordatorio de que nada desaparece por completo; simplemente se diluye en un azul más profundo, dejando tras de sí una estela de belleza en mitad de la nada.

Realicé esta obra reflexionando sobre la fragilidad, donde la vida intenta abrirse paso en entornos hostiles (conflictos sociales, fronteras o situaciones de opresión). El pequeño brote de hierba añade un matiz de esperanza y de persistencia de la naturaleza, a pesar de la desolación.

A través de una cerradura que se funde y desintegra en un paisaje desolado, simboliza la erosión del control humano frente a la fuerza inevitable del tiempo. Es una invitación a reflexionar sobre la permeabilidad del destino: una estructura que, lejos de ser una barrera sólida, se transforma y fluye recordándonos que, en la existencia, lo único constante es el cambio.

Detenerse y observar cómo la belleza se manifiesta en los detalles más sencillos: la fragilidad de una pequeña flor, la transparencia, el reflejo de una ventana invisible y el paso pausado del tiempo capturado en un instante de calma.

El alma de Galicia reside en sus nubes. Aquí, el cielo cobra un protagonismo absoluto, desplegando una danza de grises y violetas que anuncian la llegada del orballo. Desdibujada la costa bajo una atmósfera densa, donde la luz lucha por emerger entre la bruma salada. En esta obra no solo pretendo que se mire, sino que se respire, trayendo el frescor y la fuerza de un paisaje en constante transformación.

Incendio efímero de un sol que se resiste a morir tras el horizonte atlántico. Captura del instante en que la calma de la mar choca con un cielo cargado de presagios, donde los ocres y naranjas evocan esa ‘luz de paso’ que baña las rías gallegas.